Una vida más cómoda
Promesas de plástico
“Se calcula que los colmillos de un elefante africano miden una media de 2 metros y pesan hasta 100 kilos.”
Eso es mucho marfil.
A mediados del siglo XIX, la demanda de este material creció y puso en jaque la supervivencia de estos animales. Detrás de la fiebre por el marfil estaba la fabricación de distintos objetos, entre ellos las bolas de billar.
“El material era perfecto para este juego: al ser pesado, resistente y brillante, no se rompía con facilidad al golpearse y encajaba con el estatus que se esperaba de muchas salas de juego y salones privados de ciudades como Londres, París, Madrid o Nueva York.”
Los fabricantes cortaban los colmillos en bloques y después los pulían hasta convertirlos en bolas brillantes. Cada mesa de billar necesitaba dieciséis bolas, así que la demanda crecía conforme el juego se popularizaba. Entonces surgió la pregunta:
“¿No existe en el mundo ningún material capaz de sustituir al marfil? Y si no lo hay, ¿no es posible inventarlo?”
En 1864, Phelan & Collender, uno de los mayores fabricantes de mesas y bolas de billar de Estados Unidos, ofreció 10 000 dólares a quien encontrara una alternativa. El nuevo material debía ser duro, denso, elástico, fácil de pulir, fácil de colorear, resistente a los cambios de temperatura y, además, costar un 50 % menos que el marfil.
John Wesley Hyatt, un joven que trabajaba en una imprenta, se puso manos a la obra. Cinco años después, patentó un material que cumplía esas condiciones, al que llamó celuloide.
Hyatt acababa de abrir una puerta que ya no volveríamos a cerrar. El celuloide se convirtió en el primer plástico que pudimos fabricar a escala industrial.
“Podía moldearse, colorearse y fabricarse en masa, y pronto comenzó a ser habitual en las mesas de billar.”
La era del plástico
La historia la he leído esta semana en el libro La era del plástico, de Tania Alonso y Juan F. Samaniego. Un recorrido por el viaje que los microplásticos realizan por el planeta y nuestro cuerpo.
El plástico nació como solución a un problema. Pronto saltó de las bolas de billar a peines, gafas, botones y otros objetos cotidianos. El nuevo material facilitó el acceso a objetos antes limitados a las clases altas. Tras la Segunda Guerra Mundial, ayudó a muchas familias a dejar atrás los años de escasez y empezar a disfrutar de las comodidades de la vida moderna.
Paradójicamente, durante un tiempo, la expansión del plástico también fue una buena noticia para muchos animales salvajes, como aquellos elefantes.
Sin embargo, el material diseñado para durar pronto se convirtió en el símbolo de una economía diseñada para tirar.
En 1955, el economista estadounidense Victor Lebow escribió:
“Nuestra economía enormemente productiva exige que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos la compra y el uso de bienes en rituales, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción de nuestro ego, en el consumo. [...] Necesitamos que las cosas se consuman, se quemen, se desgasten, se reemplacen y se desechen a un ritmo cada vez mayor.”
Ese mismo año, la revista Life publicó una imagen que resume el cambio cultural en marcha. En ella, una familia lanza por los aires platos, vasos, cubiertos y todo tipo de objetos de plástico, celebrando que el nuevo estilo de vida desechable reducía el tiempo dedicado a tareas domésticas.
Inmortal y desechable
El plástico nació como promesa de una vida más cómoda donde ya no hacía falta fregar, reparar, ni conservar. Solo usar y tirar. Setenta años después, podemos dar por cumplido el sueño de economistas como Lebow.
Sin embargo, combinar la máxima durabilidad y el mínimo precio nos hizo confundir lo inmortal con lo desechable, construyendo un laberinto de plástico del que ahora no sabemos cómo salir. Un laberinto en el que podemos encontrar desde maquinillas de afeitar de un solo uso hasta huevos fritos precocinados envasados.
La era del plástico describe las innumerables formas en que convivimos con este material, así como los impactos en la naturaleza y en nuestro cuerpo.
El libro trata de responder a preguntas cómo:
¿Por qué hay plástico en el Everest?
¿Sirve para algo el reciclaje?
¿Existen o no las islas de basura en el océano?
¿Cómo afectan los microplásticos a nuestro sistema inmunitario?
Pero, sobre todo, la más importante de todas:
¿Ahora qué hacemos?
PD1. Si quieres indagar más, puedes echar un vistazo al libro La era del plástico. El viaje de los microplásticos por el planeta y nuestro cuerpo en este enlace.
PD2. Y a la newsletter de Tania y Juan en este otro.
PD3. También te recomiendo este otro artículo de José María García: La Edad del Plástico.





Hola Fran! He vuelto! Y lo bueno es que tengo mucho por leer aquí atrasado! 😂
Gran artículo 🙌🏽.
Sumándome a la reflexión e intentando aprender de este escenario que bien nos planteas me pregunto:
- ¿Qué invento de nuestra actualidad representa el plástico en el siglo XIX?
- La IA? La era digital? Las redes sociales? La globalización de todo?.
A lo mejor, imaginar escenarios futuros como los que nos ha traído el plástico hoy es un buen punto para remediar errores y contraindicaciones ocultas a inventos que en su presente fueron mágicos.
Saludos y gracias por el espacio!
Muy buen resumen de cómo un gran invento como el plástico venía cargado de contradicciones que no esperábamos y a las que ahora nos cuesta hacer frente. Urge dar respuesta a esa pregunta de ahora qué hacemos, aunque nos cueste enfrentarnos a perder esa comodidad.
Veo que coinciden bastante con los aprendizajes que incluí en mi post sobre "La edad del plástico", ahora a leer "La era del plástico" para profundizar más! Enhorabuena Tania y Juan, el libro promete!
He incluido una referencia a este post y al libro en el post, para que el que se quede con más ganas como yo siga profundizando ;-)
https://www.verdadesincomodas.xyz/p/la-edad-del-plastico