Otro fútbol
Planchar el mundo o celebrar sus arrugas
Hay algo que me gusta de los Juegos Olímpicos de Invierno: no pueden celebrarse en verano. Están vinculados a un momento y lugar concretos.
Durante siglos, el deporte estaba ligado al contexto. El clima, las estaciones, la geografía y los recursos marcaban lo que era posible. Dónde y cuándo “jugábamos” definía a qué y cómo jugábamos.
El deporte no era una actividad abstracta, sino que nacía del entorno. El cuerpo aprendía a moverse en diálogo con el territorio. Esquí donde hay nieve, surf donde hay olas, carreras de camellos en el desierto y alpinismo en las montañas.
Incluso en un deporte tan globalizado y estandarizado como el fútbol, hasta hace poco el clima tenía mucho que decir.
De pequeño no me perdía un partido del Madrid. Recuerdo de manera muy especial aquellos de Champions jugados a miles de kilómetros de distancia donde la nieve obligaba a cambiar el balón blanco por uno naranja. Polonia, Rusia, Ucrania. Camisetas de manga larga, guantes, jugadores frotándose las manos, vapor saliendo de la boca. El frío atravesaba el televisor.
El clima también jugaba aquellos partidos y lo peor que podía hacer un equipo era ignorarlo.
Pero el mundo moderno no se lleva bien con la variabilidad. En los últimos años, nuestra obsesión por reducir la incertidumbre también ha alcanzado al fútbol. Convertirlo en un producto global que atrae a millones de personas exige control e independencia respecto a factores externos. Exige neutralizar el contexto y estandarizar el clima.
La FIFA y la UEFA imponen requisitos cada vez más estrictos para que un estadio pueda acoger una gran competición. Calefacción bajo el césped. Drenaje de alta capacidad. Ventilación subterránea. Grow lights con tecnología LED de espectro controlado para garantizar el crecimiento uniforme. Sistemas de riego cada vez más precisos. Fibras sintéticas que estabilizan la superficie. Control del microclima. En algunos casos, se opta por cubrir el estadio por completo.
Poco a poco, la tecnología permite que asistamos al mismo partido en Camerún, Dublín, Brasil, México o Rusia. Para la Copa del Mundo 2022, varios estadios en Qatar incorporaron sistemas diseñados para domesticar el desierto. El Al Bayt Stadium incluía cubierta retráctil y climatización por zonas, capaz de mantener el interior en torno a 20 a 24 °C pese a temperaturas exteriores muy superiores.
Te propongo un ejercicio:
¿Qué ocurriría si hiciéramos justo lo contrario?
Pero puestos a imaginar, vayamos más allá del clima para repensar el deporte mismo desde las condiciones del entorno.
¿Cómo sería un fútbol local?
Eso debió de preguntarse la artista Maider López cuando propuso organizar un torneo en los pólderes de Ottoland, en los Países Bajos.
Las características del paisaje neerlandés implican que los campos estén atravesados por canales de agua que los dividen en partes desiguales. También que el terreno esté embarrado y sea irregular, repleto de hoyos y desniveles. Nada es completamente plano ni completamente previsible.
El paisaje pantanoso obliga a adaptar las reglas, observar el entorno e inventar nuevas estrategias de juego.
Este partido solo puede jugarse aquí. Las particularidades del lugar alteran la dinámica.
Los conocimientos que traemos de casa no nos sirven: deben ser adaptados a la nueva realidad. Debemos discutir tácticas sobre la marcha. Experimentar y aprender. Un ejemplo de cómo, cuando en lugar de anular el contexto le damos voz, el juego implica descubrimiento otra vez.
Las reglas establecen un marco, pero no eliminan la fricción. Nada es eficiente ni está optimizado. Cuando el balón cae al agua, se recoge con redes. Los tiros desviados se recuperan en canoa. El paisaje manda y la logística forma parte del espectáculo.
Mientras FIFA y UEFA trabajan por neutralizar el contexto, Maider López propone introducir el paisaje en el juego.
De este modo, hace volar nuestra imaginación:
¿Cuáles serían las reglas del juego en Venecia?
¿Qué deberían esperar los rivales al llegar a Río de Janeiro?
¿Qué terreno pisaríamos en Reikiavik?
¿Cómo prepararnos para jugar en Córdoba?
¿Y en Marrakech?
En lugar de utilizar el deporte como herramienta para eliminar las irregularidades del mundo, podríamos utilizarlo para celebrar lo que hace único a cada lugar.
Por supuesto, este texto no va (solo) de fútbol o de deporte, sino de qué entornos queremos construir. Edificios, paisajes, pueblos o ciudades. Cuando diseñamos, podemos intentar alisar el lugar e imponer nuestras reglas, asumiendo que son las únicas posibles. O podemos preguntar, escuchar, observar, abrazar las irregularidades y descubrir un juego completamente nuevo.
De eso va Cómo hacer hielo en el desierto. De cómo diseñar espacios sacando el máximo partido de las condiciones existentes en lugar de luchando contra ellas. Aceptando que cada contexto ofrece una oportunidad única. Y que está en nuestras manos combatirla o disfrutarla.
Planchar el mundo o celebrar sus arrugas.
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I started following my team at the age of 6 in 1967. Location meant that playing in winter involved playing on crushed ice and rock-hard surfaces. Under-soil heating improved matters dramatically, a few years later.
The game I played was Rugby. this was an amateur sport so there was no money to spend on luxuries like under-soil heating or stadia with roofs...! Just a bunch of local young men making-do with what they had. One particularly bad winter Sunday, I hit the frozen ground at the wrong angle and dislocated my shoulder.
It's good to see sports players being protected from the worst of the elements but I believe that many of them love the money and the adulation much more than they love their sport.
Excelente articulo como siempre, felicitaciones Francisco. De paso dejo un comentario: en Argentina le llamamos "potrero" a los campos de futbol barriales. Son canchas mas o menos llanas, lo que crece es pasto o gramilla silvestre que no se corta, tan solo son especies conocidas como ruderales o arvenses que se adaptan a las condiciones del medio y se multiplican fácilmente. Toda gramínea de potrero se adapta al pisoteo, por lo cual son mas bien rastreras y no necesitan que se corte periódicamente. Los potreros son de microtopografía irregular. Los que somos de la Patagonia árida no contamos con la ventaja del pasto de los que son del norte y nuestros campos de juego son de "tierra pelada". Acá el que se cae, se raspa y sigue jugando. Conocí uno en Neuquén con una inclinación de un 15%. El sorteo inicial era crucial y los capitanes obviamente elegían jugar el segundo tiempo del partido "cuesta abajo". En Patagonia juega también el viento, y los capitanes en días ventosos eligen jugar el primer tiempo con viento en contra. Todos, de niños y jóvenes, en nuestro país jugamos en algún potrero. Incluso los jugadores de elite.