La otra ola
Calor, sedentarismo y soledad
Carmen bajó la persiana hasta dejar una rendija.
Una línea de luz atravesó el suelo del salón. Sobre la mesa quedaba el papel que le habían entregado en el centro de salud: caminar treinta minutos al día.
De fondo, la radio repasaba las recomendaciones por la ola de calor. Beber agua, cerrar las persianas, evitar salir en las horas centrales.
Miró de nuevo el papel.
Había pasado la noche dando vueltas en la cama, con las sábanas pegadas al cuerpo y la ventana abierta a un aire que apenas se movía. Aquel piso acumulaba calor como una olla tapada.
Vivía sola desde hacía nueve años. Su hija llamaba cada tarde desde Zaragoza y los domingos la vecina subía a tomar café. Pero la mayor parte del día lo pasaba sola. Por eso el médico insistía en que saliera de casa y hablara con otras personas.
«Aunque solo sea a comprar el pan».
Trataba de cumplir. Caminar hasta la panadería, saludar a Pilar, sentarse diez minutos en la plaza.
Durante el año, el ayuntamiento organizaba talleres de memoria, gimnasia de manos y cine. Pero en verano se frenaban las actividades. La ciudad se vaciaba justo cuando los días se hacían más largos.
A las once, el termómetro exterior marcaba 37 grados.
La biblioteca debía estar abierta. A quince minutos andando.
Carmen llenó una botella pequeña de agua y la guardó en el bolso. Se puso un sombrero de paja que no le gustaba, pero que su hija le insistía en llevar. Se acercó al balcón.
La plaza estaba vacía. Las mesas del bar, recogidas bajo un toldo. Un repartidor descargaba cajas junto a la acera, con la camiseta pegada a la espalda por el sudor. Dos palomas bebían del agua acumulada alrededor de una boca de riego. Ni rastro de los niños, madres y jubilados que unas semanas atrás ocupaban los bancos.
Cogió el bolso y salió al rellano.
Bajó las escaleras apoyando una mano en la barandilla y otra en la pared. Hacía tiempo que pedía un ascensor, pero el hueco era pequeño y los vecinos no se ponían de acuerdo. Al llegar abajo, se detuvo unos segundos. Allí la temperatura daba un respiro.
Abrió la puerta del portal. El aire caliente la envolvió de golpe.
Pensó en volver a subir. Pero arriba solo había silencio y persianas bajadas. La biblioteca tenía aire acondicionado, luz y actividad.
Salió.
Avanzó pegada a la fachada. La sombra apenas cubría la mitad de la acera, así que caminó con un pie en la franja oscura y otro bajo el sol.
La tienda de ropa había bajado su toldo, pero solo protegía el escaparate. Carmen pasó junto a los maniquíes vestidos con chaquetas de otoño.
Al llegar al siguiente portal, se detuvo. Sacó la botella de agua y bebió.
No estaba cansada, pero necesitaba unos segundos. Había aprendido a comunicarse con su cuerpo, que le avisaba de forma sutil. Una presión detrás de los ojos, la boca seca, el pulso en el cuello.
A unos metros vio el banco de la parada de autobús. Pensó en sentarse unos minutos. La marquesina tenía laterales de vidrio y una cubierta metálica, pero a esa hora la sombra caía detrás, sobre la calzada. El banco llevaba varias horas recibiendo el sol. Se inclinó para tocarlo con la mano. Ardía.
Siguió.
Los árboles de la calle se habían plantado hacía poco, reutilizando los alcorques que habían estado años abandonados. Tenían troncos delgados y copas pequeñas. Cada uno proyectaba en el suelo una sombra minúscula. Carmen fue enlazando una con otra, como cuando de pequeña cruzaba el río buscando las piedras que asomaban sobre el agua.
Por fin llegó a la plaza grande y vio la biblioteca al otro lado.
Entre ella y la entrada había cuarenta metros de suelo duro. Sin árboles, sin bancos y sin alternativa. La luz blanca rebotaba sobre las baldosas de piedra. Podía ver la vibración del aire sobre el suelo. La distancia no se mide solo en metros.
Apretó la botella dentro del bolso y avanzó, caminando más despacio que antes. La luz pesaba sobre los hombros, pero se concentró en la puerta. Dos pasos. Otros dos. Y otros dos.
Al entrar, una corriente de aire frío le rozó la cara.
La bibliotecaria levantó la vista.
«Carmen, pensaba que hoy no vendrías».
Junto a la recepción, un hombre leía el periódico. Dos mujeres hablaban en voz baja. Alguien colocaba libros en una estantería.
«Aquí estoy».
Se quitó el sombrero, dejó el bolso en la mesa y fue hasta su rincón, junto a las revistas.
PD.
Durante una ola de calor, los desafíos de las altas temperaturas se entrelazan con los del sedentarismo y la soledad no deseada. Cármenes, Pepes y Juanes tienen que elegir entre los riesgos del calor y los del aislamiento.
¿Cómo puede el diseño de las ciudades ayudarnos a esquivar ambos?
Cómo hacer hielo en el desierto


Siempre pertinente, porque, cuando el diseño y la arquitectura antifrágil no lo es?
Me ha pasado mucho que veo, y sufro, de recorridos urbanos que de pronto pierden la narrativa.
Me explico: una biblioteca, en una plaza bien iluminada, con bancos para sentarse, verde, algo de sombra, pero el recorrido para el peatón es árido. Largas manzanas sin actividad, a veces simplemente un muro con las puertas de servicio de la compañía de electricidad, paradas de bus que son solo un poste, quizá un banco pero sin ninguna clase de sombra.
Hay que pensar en la gente, en que los hermosos edificios que se diseñan no valen de nada si no se toma en cuenta el genius loci, el espíritu del lugar, lo que lo hace insustituible y cómo el proyecto y todo lo que lo conecta con el resto de la ciudad va a contribuir y a expresar ese caracter.
Muchas gracias por traer estas reflexiones a la mesa, ¡feliz domingo!
Me he visto reflejada en Carmen. Estos últimos días de bochorno ininterrumpido han sido difíciles de soportar. Y eso que tengo todas las comodidades a mi alcance y soy (me considero) joven.
Pienso a menudo en todas las Cármenes y Pepes de nuestras ciudades y pueblos. Todos vamos a ser ellos, antes o después.
Más nos vale ir por la sombra y reclamar sin pausa que haya sombra. Ya.