Hace unos días me preguntaron si era posible que la arquitectura mejorara al mismo tiempo la salud de las personas y de los ecosistemas.
No recuerdo bien cómo estaba formulada la pregunta, pero parecía sugerir que siempre tendríamos que elegir entre una cosa y la otra.
En realidad, ocurre lo contrario.
Nuestro desarrollo como especie fue moldeado por el contacto con la naturaleza. Durante cientos de miles de años, nuestros cuerpos y mentes evolucionaron al aire libre. Más tarde, la vida moderna nos alejó de ese entorno.
Esta desconexión del exterior ha creado un conflicto entre nuestra cultura y nuestra biología. Una «discordancia evolutiva» que contribuye al aumento de enfermedades crónicas.
Además, esta desconexión no solo ejerce presión sobre nuestra biología, sino también sobre la del planeta, acelerando el deterioro del medio ambiente. Es en este sentido que la salud humana y medioambiental son inseparables.
Por lo tanto, el desafío consiste en diseñar entornos que fortalezcan esa relación. Crear lugares donde humanos, animales y plantas coexistan y se beneficien mutuamente. Ese es uno de los propósitos del diseño regenerativo, del que hablo en la tercera parte de Cómo hacer hielo en el desierto.
Hoy he querido recuperar tres ejemplos del libro, a tres escalas distintas: un campus, una ciudad y un edificio.
1. Un campus: Dian Fossey Gorilla Fund, Kinigi
Cuando la Fundación Dian Fossey invitó a MASS a construir su nuevo campus junto al Parque Nacional de los Volcanes, en Ruanda, el equipo de diseño se hizo la siguiente pregunta:
¿Cómo podemos mejorar la salud de las personas, los animales y el entorno al mismo tiempo?
El terreno elegido estaba degradado tras años de cultivo intensivo. Por lo tanto, en lugar de imponer una arquitectura sobre el paisaje, los edificios se concibieron como parte del proceso de restauración ecológica. En colaboración con botánicos y comunidades locales se reintrodujeron más de 250.000 plantas nativas de 120 especies distintas, tanto en el terreno alrededor de los edificios como en sus cubiertas verdes. Estas se convirtieron en un componente clave del ecosistema, actuando como copas de árboles, atrayendo polinizadores y aves y ayudando a restaurar el equilibrio perdido.
Con el paso del tiempo, los edificios se funden con el paisaje. El campus regenera el entorno y los suelos recuperan vida. El número de especies de aves se multiplica. Esa es la propuesta: una arquitectura que sana.
La siguiente pregunta es, ¿cómo podemos aplicar estos principios en las ciudades?
2. Una ciudad: Medellín
En 2016, Medellín registró picos históricos de temperatura y contaminación. Ese mismo año, la ciudad lanzó el plan «Corredores Verdes», una estrategia de renaturalización urbana que aplica principios regenerativos a escala metropolitana.
En cinco años se plantaron más de un millón de árboles y 2,5 millones de plantas, conectando parques, ríos y colinas. La temperatura media bajó 2 °C en toda la ciudad y 4 °C en las zonas verdes. La calidad del aire mejoró.
Además, la red de 30 corredores y más de 120 parques no solo mejora la calidad del aire y captura dióxido de carbono, sino que también ha revitalizado la vida silvestre: aves, lagartos, ranas y mariposas vuelven a habitar muchos de los jardines que cuidan los vecinos.
De este modo, el éxito no es solo medioambiental, sino social. Los vecinos se involucraron en el cuidado de los corredores, fortaleciendo el sentido de pertenencia y comunidad. Una prueba más de que lo social y lo ambiental son inseparables: dos caras de una misma moneda.
De este modo, Medellín muestra los beneficios de integrar la naturaleza en la ciudad a través de una red de espacios verdes conectados.
Pero ¿qué podemos hacer cuando nuestra actuación se limita a un edificio?
3. Un edificio: Terrats d’en Xifré, Barcelona
En las ciudades densas, el espacio libre es escaso. El desafío aquí consiste en reimaginar lo existente y aprovechar al máximo su potencial.
Por ejemplo, Barcelona es una ciudad mediterránea con un modelo de planificación urbana reconocido a nivel mundial. Sin embargo, a día de hoy el espacio más valioso de la ciudad permanece infrautilizado. Me refiero a sus azoteas, que suman más de 1.700 hectáreas, el equivalente a 2.500 campos de fútbol.
El proyecto Terrats d’en Xifré, desarrollado por el estudio MataAlta, muestra cómo estos espacios pueden convertirse en una infraestructura saludable. En un edificio del siglo XIX, transformaron 1.500 m² de cubierta en un jardín flotante con zonas de cultivo, descanso y pequeños estanques.
El jardín alberga más de 40 especies vegetales y 10.000 plantas aromáticas, que atraen polinizadores y aves migratorias. Además, mejora el aislamiento térmico, reduce el efecto isla de calor y retiene agua de lluvia. Desde el punto de vista social, la azotea recupera su función original como espacio de encuentro, cultivo y vida comunitaria.
Aunque el impacto de un solo jardín es limitado, su valor crece cuando se multiplica. Por eso, el Ayuntamiento de Barcelona está promoviendo una red de cubiertas verdes que impulsen la biodiversidad. Reimaginar lo existente se convierte así en una forma de regenerar el entorno sin ocupar nuevo suelo.
El campus en Ruanda, los corredores verdes de Medellín y las azoteas de Barcelona. Tres ejemplos, tres escalas.
¿Qué tienen en común?
Una sola salud
El enfoque «Una sola salud» (One Health) defiende que la salud de humanos, animales y medio ambiente no son esferas independientes, sino realidades interconectadas que dependen las unas de las otras. Por lo tanto, propone entender el bienestar como algo integrado, reconociendo que no podemos cuidar nuestra salud si los ecosistemas colapsan.
Independientemente de la escala, el principio se mantiene: devolver a la naturaleza parte del espacio perdido y, en ese proceso, recuperar también nuestra propia salud. Por lo tanto, diseñar de forma regenerativa requiere reconocer que los seres humanos no somos el centro del ecosistema, sino una de sus muchas partes.
La supervivencia depende de colaborar con la naturaleza, no de dominarla. La modernidad, en cambio, ha dibujado fronteras más rígidas: la sociedad frente a la naturaleza, lo civilizado frente a lo salvaje, lo natural frente a lo artificial.
El diseño regenerativo busca difuminar de nuevo esos límites. Celebrar que la salud humana y la del planeta son inseparables. Y que no estamos aquí a pesar de la naturaleza.
Sino gracias a ella.
PD. Renaturalizar es el título del capítulo 14 de Cómo hacer hielo en el desierto, donde profundizamos en estos y otros ejemplos.








El otro día comentaba a una persona que estamos buscando vivienda y que lo ideal es que fuera una casita pequeña pero que tuviera algo de terreno/ jardin/ patio en vez de un piso. Y me contesta: claro, eso lo queremos todos. Y me hizo reflexionar como eso en España se considera que es un lujo. Se han generalizado las viviendas en edificios al contrario que otros países vecinos. Pero en cambio muchos preferirian vivir en casitas y no hay apenas oferta asequible en este aspecto.
Es increíble como nos hemos ido adaptando a la desadaptación de nuestros entornos naturales. Lejos de un hábitat natural, nos hemos ido construyendo unos artificiales propios, adecuados a las necesidades de las sociedades que inventamos: sin luz natural, ajenos a los ciclos de la naturaleza: día y noche; estaciones...
Pienso que este alejamiento nos ha enfermado como especie. Por otro lado, obligamos a otras especies a vivir ancladas a nuestros ritmos intempestivos; las luces de las ciudades, la producción agrícola...
Adecuar el entorno a la naturaleza a la que realmente pertenecemos crearía una simbiosis que mejoraría nuestras vidas