Cómo vestir una casa
Tu arquitectura, tu cuerpo
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Cuando estuve en Polonia, me llamó la atención ver distintos tipos de textiles en las habitaciones de algunas casas. A primera vista podían parecer meramente decorativos. Sin embargo, muchos de ellos esconden historias de adaptación al clima de las que tenemos mucho que aprender.
Durante siglos, los textiles se utilizaron para «vestir» los hogares. Tapices, colchas, kilims y alfombras cubrían paredes, techos, suelos y muebles tanto en mansiones aristocráticas como en viviendas campesinas. Todas las clases sociales los utilizaban para adaptar los espacios domésticos al ritmo de las estaciones.
La historiadora Aleksandra Kędziorek y la artista Alicja Bielawska han estudiado este fenómeno. Su investigación El hogar vestido: Sintonizando con la imaginación estacional representó a Polonia en la Bienal de Diseño de Londres1. La exhibición muestra cómo, antes de la calefacción y el aire acondicionado, las familias ajustaban sus casas en función de la temperatura y humedad exteriores.
Uno de los ejemplos más interesantes es el uso de textiles en los techos. En algunas regiones, durante el invierno se colgaban telas gruesas acolchadas, conocidas como podpinka, bajo los techos altos. Esta operación reducía de forma temporal la altura de la habitación, disminuía el volumen de aire a calentar y evitaba que el calor se acumulase en una zona inutilizada. El aire caliente permanecía así más cerca de los cuerpos.
Con la llegada del verano, estas telas se retiraban, el espacio recuperaba su altura original y el aire caliente podía ascender, mejorando el confort de la zona habitable.
Las paredes también funcionaban como superficies vestibles. En los meses fríos se cubrían con tapices, alfombras colgadas y tejidos acolchados. Estas capas ayudaban a suavizar la temperatura del aire interior, mejoraban la sensación térmica y protegían frente a corrientes de aire. En los meses cálidos, se retiraban para que la casa volviera a respirar.
De este modo, las paredes dejan de ser elementos estáticos para convertirse en componentes activos, adaptables, reversibles. La arquitectura se adapta gracias a añadir y quitar capas.
Algo similar ocurría con superficies horizontales y muebles, que a menudo se cubrían con un mismo elemento textil. La narzuta, por ejemplo, podía extenderse para conectar suelos y sofás en una misma superficie, aumentando el confort térmico. Ese mismo textil se utilizaba como abrigo personal, echándolo sobre los hombros al salir al exterior. La frontera entre mobiliario, arquitectura y ropa no estaba claramente definida. La casa era una extensión del cuerpo.
En verano, las alfombras se enrollaban y se guardaban para sustituirlas por tejidos más ligeros. Se vestía la casa como se vestía la piel: siguiendo las estaciones.
Estas prácticas exigían conocer las propiedades de los materiales. Los tejidos gruesos, como la lana, se reservaban para las estaciones frías. Ayudaban a conservar el calor, reducían las corrientes de aire y amortiguaban la pérdida térmica. Tejidos ligeros como el lino se utilizaban en verano para proteger del sol. Al colgarse en puertas o ventanas, filtraban la luz al tiempo que permitían el paso del aire, favoreciendo la ventilación.

La exposición de Kędziorek y Bielawska reúne una docena de tácticas de adaptación climática basadas en el uso de textiles. Estrategias que, con variaciones locales, formaron parte de nuestra vida hasta hace muy poco.
Sin embargo, la expansión de los sistemas meánicos modernos redujo los textiles domésticos a un papel exclusivamente decorativo. Ya no es necesario vestir la casa siguiendo el ritmo de las estaciones. Ese tiempo puede dedicarse a tareas más «productivas», como trabajar o consumir.
Independizar nuestro comportamiento de las condiciones del entorno supuso un cambio profundo. A diferencia de la calefacción central o el aire acondicionado, estas estrategias exigían atención por parte de los habitantes. Requerían rituales estacionales, decisiones conscientes y una relación activa con el clima.
El aire acondicionado y la calefacción han hecho nuestras vidas más fáciles. Pero también nos han hecho más dependientes y, en cierto modo, más frágiles. El aumento del control ha redefinido nuestros estándares de confort y ha reducido el rango de temperaturas que consideramos aceptables. Cada vez necesitamos consumir más energía para sentir el mismo confort.
Al desconectar nuestras casas y nuestros cuerpos de los ritmos del exterior, hemos olvidado nuestra capacidad de adaptarnos a ellos.
El resultado es una sociedad cada vez más exigente.
Pero no necesariamente más feliz.
PD1. Si conoces otros ejemplos de cómo las casas se visten y desvisten en función de las condiciones exteriores, me encantará conocerlos.
PD2. Si te interesa este tema, en el capítulo 9 de Cómo hacer hielo en el desierto encontrarás más ejemplos de cómo nuestras casas pueden ayudarnos a sincronizar con las estaciones.
PD3. Te dejo el índice del libro:
Aleksandra Kędziorek, «The Clothed Home», E-Flux Architecture, octubre de 2023.







Yo viví muchos años en el sur de España y recuerdo en las casas de patio como se transformaba la casa entera del invierno al verano. Incluso se bajaba a vivir al piso de abajo si era posible.
Los toldos horizontales que cubrían el patio interior y que se abrían al caer de la tarde, telas blancas en los sofás, las esteras humedecidas en los balcones. La oscuridad para evitar el calor de la luz. Todo un ritual contra el calor. Incluso decían que había que hablar poco y moverse lentamente. 🤣🤣 muy sevillano.
Gracias, Fran. El artículo me hace caer en la cuenta -por primera vez- que cortinas, visillos, alfombras y otras piezas menos conocidas, como los doseles de las camas, no estaban en el hogar para adornar, sino para confortarlo. Casi todo el tejido que viste una casa, se identifica con viviendas "acomodadas"; las familias pobres no tenían alfombras. Quizá el término "acomodo" venga de ahí.
Muy buen artículo, enhorabuena.