Por qué la araña se come su propia tela
Sobre arquitecturas no humanas
El ser humano no es el único animal arquitecto. Ni siquiera el primero. ¿Ni siquiera el mejor?
Tampoco tenemos por qué avergonzarnos. Otros animales llevan mucho más tiempo que nosotros sobre el planeta y han tenido más oportunidades de perfeccionar sus técnicas constructivas. Lo que tenemos que hacer es aprender de ellos.
El arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa lleva décadas observando esas arquitecturas animales. En 1995 publicó Animal Architecture, un libro que explora las construcciones de otras especies y las compara con las humanas. Me pareció fascinante. No porque proponga imitarlas, sino porque muestra la arquitectura como una estrategia de supervivencia compartida.
Los animales modifican el entorno para hacerlo más habitable, más predecible y seguro. Para ello, enfrentan problemas muy parecidos a los nuestros: materiales, energía, clima, transporte…
Muchas de sus obras son auténticas proezas de ingeniería. Por ejemplo:
Traducido a escala humana, un termitero alcanzaría una altura superior a un kilómetro y medio y podría albergar a toda la población de Nueva York.
La resistencia del hilo tejido por la araña es más de tres veces superior a la del acero y es incluso más fuerte que el Kevlar, el material de nuestros chalecos antibalas.
Los nidos del pájaro tejedor republicano, que vive en grupo, aprovechan las estructuras de los árboles y pueden alcanzar dos metros de espesor y nueve de diámetro.
De todos los principios de diseño que sostienen la arquitectura animal, el primero es seguramente la economía de recursos. A los animales no les gusta derrochar trabajo. Antes de construir, buscan aprovechar lo que ya existe. El cangrejo ermitaño se muda de concha en concha según crece. La avispa africana Odynerus vespiformis remodela nidos abandonados de otras especies disolviendo el barro con agua.
Además, animales e insectos utilizan los materiales de manera muy efectiva. Las abejas, por ejemplo, construyen las celdas del panal con una pared de apenas 0,073 milímetros y una tolerancia de dos milésimas. Cada celda está inclinada 13 grados para que la miel no se derrame. Con solo 40 gramos de cera, un panal puede almacenar casi dos kilos de miel. Ningún ingeniero (humano) ha logrado una relación tan eficiente entre esfuerzo y resultado.
Y si una estructura deja de servir, el material se recicla. La abeja asiática Apis florea roe la cera de su panal antiguo, la transporta en las patas y levanta con ella el nuevo. La araña, por su parte, se come su propia tela para recuperar las proteínas necesarias para tejer otra.
¿Y qué hay de la gestión del aire, la temperatura y el agua?
En primer lugar, las termitas se presentan como las grandes expertas en aire acondicionado. En un montículo de cuatro metros pueden vivir más de dos millones de individuos. Su consumo de oxígeno es tan alto que, sin un sistema eficiente de ventilación, morirían asfixiadas. Por eso el termitero tiene cámaras, conductos y paredes porosas que funcionan como pulmones naturales, renovando el aire de forma continua sin energía externa.
Otras especies controlan la temperatura con soluciones igual de ingeniosas.
Las avispas fabrican sus nidos con capas de papel separadas por aire, que funcionan como aislamiento. Y han inventado su propio sistema de calefacción: en la zona de incubación mantienen una temperatura constante de unos 30 °C gracias a un grupo de obreras que generan calor moviendo rítmicamente el abdomen. Cuando el calor del verano eleva demasiado la temperatura, esas mismas obreras traen agua y humedecen las celdas para enfriar el nido por evaporación.
Por otra parte, las hormigas rojas de Europa también han aprendido a controlar la temperatura de sus hormigueros: orientan las pendientes para captar más sol y sellan los agujeros por la noche. Incluso toman el sol en grupo para calentar sus cuerpos y llevar el calor de vuelta al hormiguero.
En cuanto al agua, los castores son los ingenieros hidráulicos del reino animal, ya que construyen presas que permiten controlar el nivel del agua y crear hábitats más seguros. En Estados Unidos se les ha llegado a lanzar en paracaídas sobre bosques remotos porque sus diques previenen la erosión y restauran humedales que albergan decenas de especies. Su dique más grande conocido mide 1,2 kilómetros de largo.
Pero la arquitectura animal, como la humana, no se limita a la eficiencia y a la funcionalidad. También puede llegar a expresar belleza e identidad. Un ejemplo fascinante es el de los pájaros pergoleros de Australia y Nueva Guinea: los machos dedican semanas a construir una enramada y decorarla con objetos cuidadosamente seleccionados para seducir a las hembras. Algunos incluso pintan las ramas con pulpa de frutas, utilizando trozos de corteza como pinceles. En ellos, el ritual de apareamiento ha pasado del cuerpo a la arquitectura.
De este modo, la arquitectura animal mantiene un equilibrio dinámico con el entorno del que forma parte. Surge desde un instinto que se transmite de generación en generación y mejora gracias al paso del tiempo.
Pallasmaa escribe que la arquitectura humana ha evolucionado impulsada por valores culturales y sociales, más que por las fuerzas del mundo orgánico. Ese desajuste nos ha alejado del equilibrio ecológico. Hemos convertido la construcción en un acto de consumo, no de adaptación.
Quizá deberíamos mirar más hacia los otros arquitectos del planeta. Esos que construyen sin destruir y transforman sin derrochar. En el equilibrio entre la necesidad y el deseo, encuentran una belleza ajena al estilo, esculpida solo por el paso del tiempo.
En palabras de Pallasmaa:
«En el transcurso de los últimos 450 años, desde Copérnico, hemos dejado de pensar que la Tierra era el centro del universo. Sin embargo, seguimos pensando en la naturaleza y en el reino animal solo desde nuestro punto de vista. Esto queda ejemplificado en los cuentos y fábulas infantiles que visten a los animales como personas y los hacen habitar en casas que son como miniaturas de nuestra propia arquitectura. Frente a la necesidad urgente de unas formas de vida y de una arquitectura mejor adaptadas ecológicamente, hemos de invertir esa imagen: tal vez deberíamos empezar a imaginarnos viviendo en casas inspiradas por las construcciones de los grandes maestros constructores del mundo animal.»
PD1. Escribiendo este artículo me he acordado de Eugenio, Ivan Vega , BeeLetter, Planeta Mauna Loa y tantos otros…
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Precioso post!
Me gusta porque pone de manifiesto que la corteza cerebral -esa por la que nos consideramos Sapiens- no supera en sabiduría al cerebro primitivo, el heredado de nuestros predecesores. Es más, corremos el riesgo de que, a fuerza de pensar y pensar intentando sacar el dobladillo a lo evidente, perdamos la intuición. Entonces los humanos pasaremos a la historia del planeta, sin que alguien lo pueda contar.
Es genial saber que la arquitectura no es solo una cuestión humana, sino una forma de adaptación y equilibrio con el entorno. Creo que es fascinante que muchos arquitectos o personas de cualquier área, basen sus tecnologías y/o aprendizajes al observar cómo la propia naturaleza se reinventa para tratar de convivir en armonía con el entorno. Definitivamente podemos profundizar más en la eficiencia de algunas especies y así aplicarlo en el día a día para estar en armonía con el ambiente. Abrazo.